Al
Rube, mi gordo encantador, lo conocí en mis extensivos años de universidad. Yo
ya venía con otra carrera a medio terminar a cuestas, y ambos acordamos que
ninguno de los dos tenía mucho futuro en el mundo corporativo. Al Rube también
le debo mis primeras incursiones en las discos gay, en alguna de las cuales
decidió salir del closet ante mis sorprendidos y desilusionados ojos, que ya lo
habían comenzado a tasar como prospecto marital. Pero como el amor es ciego y a
ambos nos servía para satisfacer las exigencias de nuestras respectivas madres,
decidimos contraer unas nupcias algo
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