Ruge la madrugada
Hierven las pestañas,
Resortes oxidados hacen fuerza en la espalda,
Autómata de piel y heridas,
Oyendo la invocación matutina.
Empieza a sonar el conjuro modular,
Perturbando el silencio sagrado,
Se oye también la articulación visceral y,
El pensamiento pesado vuelto sobre los sueños olvidados,
Y los apenas se han podido recobrar.
A lo lejos se huele el café con leche,
Humeante, expectante.
Deliberadamente distante, solo asible con la imaginación rutinaria.
El suelo saludando el frío de los pies descalzos…
Al fin pueden respirar las almohadas, exhaustas después de
un beso demasiado largo.
Cobra vida la existencia en
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