Al comenzar el día, un grupo de hombres -en un rito sagrado repetido por más de medio siglo- levantan las rejas de sus viejas bodegas en el Mercado de Aves, de Estación Central. Entonces comienza el ruido. El ruido de las aves: cientos de ellas amontonadas como pinos en una jaula, llamando por algo indescifrable y que acabará, de todas formas, fundiéndose con el murmullo frenético de la ciudad.
Y para llegar a esta esquina del mundo, sólo es necesario franquear el lío que se avecina cuando Meiggs y Exposición chocan como dos ríos desbordados de gente y puestos de
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