El profesor suplente
Julio Ramón Ribeyro.
Hacia
el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se
quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que
andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de
los aumentos de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del
crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos
golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia,
bastón en mano, sofocado por el cuello duro.—
¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora
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