A pesar del frío, nos descalzamos, nos arremangamos el pantalón y
tomados de la mano, nos dirigimos al mar. El sol ilumina levemente la
tarde, no calienta nada, y el viento de invierno sopla con ganas. El
bebé de tres años y yo, ataviados con chamarras, jugamos a acercar los
pies poco a poco a las olas, tratando de que el agua helada no nos
alcance. Felices, gozamos el momento.
Poco a poco, Pablito toma confianza y le pierde respeto al agua. Entre
risas, advertencias, protestas y jaloneos, trato de controlar, con la
cola del changuito que sus papás le
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