—¿Era muy peluda?—Sí, muy peluda.—¿Grande?—Sí, muy grande.—¿Y estaba mojada?—Algo.—¿Olía raro?—Un poco.Entonces irrumpió en la sala de juegos la tía del Tito, furiosa, diciendo que de esa cosa no se habla, que éramos unos enanos cochinos, degenerados e indecentes... y se fue dando un tremendo portazo.A mí, eso con el tiempo, me trajo consecuencias. De hecho ahora no soy un “calvo valiente y asumido” como dicen algunos, por andar así, al descubierto. Es que la verdad, desde ese lejano episodio de infancia, le tengo terror a llevar sobre la cabeza cualquier cosa siquiera parecida a una peluca.
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