Al final de una tarde cualquiera, más o menos triste, menos o más fría, veo que ha llegado por fin ese otoño tacaño que tanto había estado esperando.
Esperando sentir como todo se llenaba de esa bruma gris de la nostalgia, las calles huracanadas de hojas y pensamientos, los amores de mayo, la primavera color fuego y esa tristeza tan triste.
No ha habido otoño en el que no amará y en el que no sintiera esa punzada en el pecho, ese breve intervalo de memoria y vacío, del porvenir y el deseo, de lo ya mil veces pisado y
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