Horas penosas
Thomas Mann
Se levantó del escritorio, un mueble pequeño y frágil; se
levantó como un desesperado y se dirigió con la cabeza colgante al ángulo
opuesto de la habitación, donde estaba la estufa, alta y alargada como una
columna. Puso las manos en los azulejos, pero se habían enfriado casi del todo,
pues era ya muy pasada la medianoche, por lo que se arrimó de espaldas a la
estufa, buscando un bienestar que no encontró; recogió los faldones de su bata,
de cuyas solapas sobresalía colgando una descolorida pechera de encaje, y
resopló con todas sus fuerzas por
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