Y así fue como ella descubrió de una vez y para siempre que el otoño sería su estación.
Volviendo el tiempo contra el tiempo, es el jardín de sus abuelos. Ese parque inmenso en dónde el castaño, el damasco y el nuecero convivían felices.
Ella, que aún era la niña de los ojos de su abuelo, aprendió ahí a corretear palomas aplaudiendo coqueta. Sólo sabía sonreír.
Las tardes dominicales eran felices y llenas de colores.
Todo comenzaba con la llegada a la gran casa de Agustín Del Castillo de la mano de su padre. El portón siempre abierto daba la
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