Los médicos adquieren instintos que el resto de los mortales no
tenemos. Uno de ellos es el sentido de la urgencia. Saben que si no
actúan rápido el paciente se les puede morir. Aquellos que trabajan con
epidemias adquieren adicionalmente la necesidad de buscar antídotos o
vacunas. Buscan, investigan, experimentan y si no son ellos los que las
descubren, saben quién lo ha hecho. Y cuando finalmente encuentran una,
se les dispara un tercer y contundente instinto, el de vacunar a todo
ser humano que se les atraviese por su lado. El caso que más rápido se
nos hace presente
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