Despertó del sueño borrascoso de la siesta y, desperezándose, abrió la puerta que daba al balcón. Aún, abotargado, se asomó por la baranda y fue entonces que la vio: era una muchacha de largo pelo color miel que se debatía en mitad del paseo peatonal, luchando contra la furiosa corriente del gentío dando brazadas desesperadas e inútiles. A veces, su cabeza se perdía en ese mar revuelto.Él tenía que hacer algo, de modo que se sacó la camisa de un tirón y, lanzando lejos las viejas alpargatas, se arrojó, sin demora, desde el tercer piso. Cayó al fondo, pero pronto
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