Amor a primera vista. O a segunda vista, porque ya Miguel la había visto, al echar la ojeada de costumbre al muelle, antes de atracar su vieja embarcación, de metales oxidados y maderas ajadas por el paso del tiempo.
Ella estaba de pie, apoyada en una baranda cercana al puerto, con los ojos situados en un lejano horizonte, y con el alma recogida en un ajeno sitio. Vestía un traje oscuro con bordes tableados, una chaquetita de terminaciones finas, y una improvisada bufanda protegía su delgado cuello del frío, a la vez que aprisionaba ligeramente parte de su cabellera ondulante
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