Por Víctor Sampayo
En una conferencia pronunciada en Buenos Aires, el 28 de agosto de 1947, Witold Gombrowicz [1]
prende fuego a una de las más rancias e intocables estirpes de hombres:
los poetas. Y lo hace además con toda la razón de su parte. Es decir,
no teme el rol de agitadores del espíritu que les asignaba Platón,
tampoco cree que la poesía esté trágicamente condenada a la
incomprensión por carecer de "espíritus elevados" que la sepan
apreciar; sino que habla más bien, casi afirmaría que después de un
largo bostezo, de un "hermetismo aristocrático", colmado de perfección
hasta
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