Si tuviera
que hacer un balance del año 2008, no podría referirme ni a blancos ni a
negros, ni a dulces ni a amargos. Todo fue regularmente bueno y regularmente
malo.
Fue un año
como los diecinueve anteriores. Penca, pero familiar —demasiado, para mi
gusto—; triste, pero soportable.
Tuve la
fortuna, eso sí, de cumplir un sueño. Un sueño que para otros no sería un
sueño, pero que para mí significó un cambio casi radical en mi vida, un quiebre
entre los veinte y los veintiuno. Aún así, no creo que convenga mencionarlo en
este blog, no porque se trate
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