No conforme con lo difícil que resultaba ser inmigrante en Chile, Gino había elegido ocuparse como árbitro en una liga amateur.
Imperturbable, rostro de piedra y de fácil tarjeta... nunca en su país
arbitró tan parco como lo hacía ahora. Su (otrora) estilo conversador, comprensivo y preocupado por el espectáculo; en Chile había mutado hacia una insoportable, preventiva y ridícula
firmeza. No tenía otras armas para mantener intacto el nombre de su
mamita que lo miraba desde el cielo. Que le dijeran como quisieran en
voz baja y lejos de su presencia (como lo hacían muchos chilenos xenófobos) pero si
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