Por Ricardo Bustos
Los ciudadanos de buen pasar tienen aire acondicionado en sus hogares, fábricas u oficinas y ello les permite desarrollar sus actividades con ciertos beneficios para su salud y carácter, ya que cuando el calor aprieta, a uno no le paran los fideos por el mal humor.
En el otro extremo, el también respetado pero pobre ciudadano, sufre en carne propia los vaivenes de la temperatura por no contar con tan preciado elemento artificial proveedor de frío, por razones más que lógicas como es comprar un equipo o después afrontar el gasto de energía eléctrica en la
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