Al principio, esto es, en el Génesis y en la tierra de Entrerríos (Mesopotamia), el hombre era feliz, inocente, ignorante, inmortal y ocioso. Era, para decir de una vez palabras fatales, una criatura obscena. La providencial intervención de la serpiente lo redimió de esa suerte de nirvana empalagoso, lo sacó de ese "océano de mermelada sagrada" y lo puso en tierra firme, en este mundo alto, duro, complejo, real e infinitamente más rico, pues contiene infiernos y paraísos.
Fue un cambio benéfico. La pérdida de la inocencia, una cualidad negativa, fue reemplazada por la aparición del sentido ético -la capacidad
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