Por Raúl Naranco
Estos días ha llovido a cántaros. En algunos lugares era aguanieve. Tras los cristales se levanta una bruma espesa y gris cubriendo la cordillera. La gente está temerosa, mira a los nubarrones con recelo y desea sentir el temporal amainar o, por lo menos, proceder compasivamente. Los cerros, enchumbados, son preludio de tragedias anunciadas, y cada gota de agua se mira con manifiesta preocupación. Las eternas hondonadas bajan cubiertas de lodo y piedras. La arcaica raza humana se halla como al principio de la creación, en ese instante en que el “homo sapiens”, una criatura débil, frágil,
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