Hace casi 365 días, el 2 de febrero de 2011, en su primera vez en Chile, Selena Gomez tenía 18 años, protagonizaba una serie que le permitía flotar sin problemas en su estrellato en ascenso, miraba a las clínicas y los especialistas en estrés adolescente como asuntos de gente "adulta" -como Miley Cyrus o Demi Lovato- y su carrera aún no despertaba los colmillos de los tabloides. Un año después, la estadounidense ya atraviesa el vía crucis de toda figura nacida en la factoría Disney: el crecimiento la ha empujado a explotar una impronta más atrevida, su madurez la ha
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