El pasado viernes fue el día en que me desconecté o almenos intenté hacerlo. Por la mañana me fue fácil, pues después de una larga noche de fiesta me apetecía descansar. Al levantarme sentí los primeros impulsos hacia el teléfono móvil, el portátil o la televisión pero a medida que fue pasando la tarde descubrí que es posible la desconexión, aunque no total. La organización del día me fue imprescindible para renunciar a los medios tecnológicos en favor a la compañía de las personas (amigos, familia) porque en ningún momento los llamé: acordé el día anterior una hora para quedar
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