Me senté en el piso, lejos de ella. Sin embargo ella se acercó a mí, anudó su brazo en el mío y apoyó su cabeza ligeramente en el hombro. Tuve ganas de responder a su juego, dejando caer mi cabeza sobre la suya, pero me mantuve firme, en un rictus de piedra, en un gesto de falsa indiferencia, pero el estómago me delataba. Sentí las clásicas “maripositas”, ese nervio eléctrico que te recorre el cuerpo y te sacude cometiendo las mayores estupideces de la vida. Eso era amor, aunque atribuí al cosquilleo a la leche con frutillas. Apenas tenía 13
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