PLACER CULPABLE
Bajé del autobús y como de costumbre me detuve en una panadería para comprar unos pastelillos, mi placer culpable. Continué luego por las húmedas calles del pueblo, la lluvia había cesado definitivamente y comenzaba a levantarse la niebla nocturna tan típica en esta zona. Dejé atrás las calles centrales para adentrarme en las solitarias veredas de los alrededores y a poco andar, en una esquina, observé a una joven despidiéndose de un hombre con voz varonil y malhumorada. Dio media vuelta antes de que la pudiera alcanzar.
Hasta ese momento mis pensamientos divagaban en torno a
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