Se había levantado con la boca abierta y ese extraño sabor a mierda, la voz de su abuelo discutiendo de nuevo con la ventana sobre lo que sucedía fuera de ella, el chocar de las ollas y las tapas metálicas en la cocina hacían la música de ambiente a los discursos del viejo.
Aferrándose de brazos y piernas a su cama hiso un último arrunche con la cara y con la voz intentando volver lentamente al mundo; asó, diez minutos después estaba en este mundo atento al grito cavernario de su abuela para pasar a la mesa.
El
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