El muelle de pescadores de Máncora albergaba una escena melancólica: decenas de calamares gigantes eran sacados de un bote, luego unos brazos enormes separaban las capuchas de las cabezas con tentáculos, que terminaban amontonadas a un costado. Allí, entre los tentáculos, sobresalían los ojos, una cantidad impresionante de ojos enormes y acuosos de seres de apariencia jurásica que parecían confabulados para lanzar al unísono una larga mirada a quien pasara por delante.
“¿Qué hacen con todo esto?”, pregunté a otro paseante indiferente a esa mirada unísona de los calamares. “Las capuchas dicen que las mandan para Japón”, respondió. Me dijeron
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