Postrada despertó del sueño que le era ajeno en el momento en que la tibieza dorada anunciaba un nuevo día. Como de costumbre, ella corrió las cortinas, y tomando como texto los pespuntes de los visillos, empezó a relatarle los planes que se cernían sobre ellas para toda la jornada. Le ilusionaba saber que desde el silencio que se había adueñado de su madre, el hecho de tomar la palabra por ambas, acabaría proporcionándole un hilo de vida a quien sólo manifestaba un estado de inocencia vegetativa.
Hacía unos tres años en que todo comenzó. Comenzaron los despistes que fueron
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