Se sentía el despertar del nuevo año en los ánimos de la ciudad, el aire estaba contaminado con un ronroneo que se mecía por la calles y se descomponía en las esquinas. El sol entraba por las ventanillas de la cocina, lejos de la habitación principal y el calor de la mañana serpenteaba por los pasillos y la sala con partículas de polvo imperceptibles. Sus ojos ya estaban abiertos y se perdían en el verde martini de su pared. Ella no extrañaba su Manizales del alma, prefería esa soledad independiente y esa independencia solitaria de la que podía gozar en
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