Al sonar su telecomunicador, Juan hizo lo de siempre “¿aló?” Bajó gravitalmente la mirada para volver a proferir “¿aló?” Su interlocutor dudó un instante –el sujeto a través de la bocina–, pero al fin contestó “hola, ¿quién eres?” Al oír esto, Juan no respondió. Y como si le hubiesen quitado intempestivamente hasta el último ápice de aliento, asintió para sí mismo –pastosa y guturalmente, casi temblando– “¡quién soy!”
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