Ya entrada la tarde y desde mi pequeño balcón, notaba el desacertado vuelo de algunas aves del norte que pasaban muy cerca frente a mi. La invisible estela de aire que dejaban sus livianos pero agitados aleteos acariciaba mi rostro de manera tenue y fresca. Un inmóvil tiesto en donde habitaba mi zábila contrastaba con los imaginarios surcos que delineaba el ágil vuelo de estas aves que por momentos parecían perdidas.
La tarde reflejaba el remanente de un día sin tormenta, arropado en la humedad y la calidez silenciosa del circular poniente anaranjado. Cavilando en mi mente de como comenzar
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