Por Tomás Jordán
El año pasado fue el que terminó de afirmar la necesidad de una nueva Constitución Política (CPR). Desde su germinación hasta ahora, los cuestionamientos y propuestas de abrogación siempre fueron de un carácter elitario, principalmente políticas y académicas, discutiblemente ciudadanas, pero el movimiento estudiantil, que tuvo como eje nuclear la educación pública, desnudó otro asunto: el desajuste entre el modelo institucional-constitucional y la sociedad. A mi juicio, también desabrigó la preocupante deslegitimación del poder.
Hay una grieta en lo que Weber denomina la “creencia en el fundamento del poder” (legitimidad de este), y que en las sociedades
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