Te digo sin voz que cuando estuve a punto de morir, todo mi afán era evitarte la angustia de sufrir mi muerte como yo sufrí la de mi padre.
Respiraba despacio escupiendo la sangre que había en mis pulmones, respiraba poquito para que no reventaran. Y aguanté dolor y miedo por más de veinticuatro horas.
Es lo que un padre debe hacer: mantenerse vivo para su amigo, para su hijo.
Eras el motivo por el cual valía la pena ese esfuerzo.
En la maldita silla de despacho con ruedas me movía con la pierna rota porque el dolor era insoportable,
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