La frutilla blanca sobrevivía en mi memoria, guardada en el cajón de las cosas que uno sabe que no debe olvidar. La imagen que tenía era la de una fruta rara, encontrada siempre por suerte en la feria del pueblo e inmediatamente convertida en ponche por “los grandes”. A veces estiraba la mano y lograba probar alguna, bien chica, tibia y media machucada. Si no atinaba, perdía no más.
Me acordaba perfecto del perfume/aroma. No me gustan esas palabras; son como cursis. Pero la frutilla blanca huele cursi: a perfume dulce, a esencia de frutilla de brillo labial, a rosas
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