Pedro Trebbau López
Son originarias de Japón, deben su nombre al viajero jesuita Camelius, quien las descubrió en el siglo XVIII en una visita a Tokio. Su color varía entre el rosado suave y el escarlata brillante. Su cultivo es delicado, puesto que si reciben directamente el sol en zonas templadas, morirían.
Sus semillas son trituradas para extraerles el aceite, y sus flores no poseen aroma. Sin embargo, por la belleza del contraste que existe entre los pétalos de una camelia y su tallo, quedamos embobados con su belleza.
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