El jueves pasado asistí a la Santa Misa. Se celebraba la festividad de la Inmaculada Concepción. La capilla estaba abarrotada y hubo que improvisar algunos asientos.
A poco de comenzar la celebración, y aprovechando una breve pausa antes de las lecturas, observé como uno de los jóvenes seminaristas, que actuaba de acólito junto al altar, se aproximaba adonde estaba otro seminarista, que permanecía de pie en el lateral de la capilla, para acercarle una, hasta ese momento desapercibida, silla, relegada en lugar inútil de la sala. Su compañero, al recibirla, se lo agradeció con una amplia sonrisa.
Al terminar de
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