Aquí ya nadie escribe sino para desacreditar al Maestro o para acreditarlo, palos de ciegos, voces en el desierto, oídos sordos de los se sienten indignados con el espíritu y el texto del mensaje divino, con la manipulación por siglos y milenios de fraude, con eso de educar a los niños con Hay hijo que mal me pagas, la sangre que derramé, con las historias heroicas de los mártires descuertizados, de a poco, y enterrados cabeza abajo.
Y oídos sordos también de los que defienden sin tregua La sangre que derramó, las penurias de los mártires, la resurrección de los
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