– Mi sangre no será derramada en vano – dijo sacándose la espada de su cuerpo y arrojándola a un lado –. Doy como ofrenda este liquido rojo de mi cuerpo, a los Dioses de la tierra y el cielo, para que mi última voluntad se cumpla en el campo de la batalla... Todos los presentes, con sus espadas, escudos y arcos, estaban abstraídos con la visión del guerrero enmascarado, quien empezaba a emanar un aura ennegrecida y blanquecina por su cuerpo, mientras que con una mano apretaba su propio sable, el cual lo usaba como basto de apoyo, y
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