Hoy codicié el culo más perfecto que he visto en mi vida. No
sé en qué estación subió al metro, estaba muy concentrado en el libro.
Cerca de Santa Ana sentí dos nalgas pétreas apoyadas sobre la virilidad. Levanté la vista,
y ahí estaba aquel culito redondo, de querubín celestial, perfecto. De
inmediato abandoné la lectura de Cortázar
y me dediqué a observarlo con ojos chispeantes de lujuria. Debí pensar en algo feo para evitar la erección, delatándome ante ella y el resto del vagón. Pensé que en
Santa Ana, al cambiar a línea cinco me librarían de ella, volviendo
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