Estáticos, los cuerpos aparecen al lector dispuestos como en ciertas alegorías pictoricas del renacimiento: arracimados, entrelazados, montados unos sobre otros. Son renacentistas también, esas formas generosas, esos cabellos que se adivinan rubios y rizados, los ojos azules, las miradas fogosas. Y lo son también las columnas, el drapeado de las cortinas, el diseño de los muebles, y los escasos vestidos que a veces los personajes portan.
Empero, tras ese estatismo que se descubre al lector como decoración hecha de cartón piedra se percibe de pronto el ruido de lamidos frenéticos, interjecciones, maldiciones. Estertores más que aullidos de las bacantes alcanzando
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