- Buenos días.- dijo-
vengo a darles una buena nueva- Yo estaba leyendo poesía de Nietzsche y aquella
voz ceremonial y rítmica, preparada para embobar a los incautos, me distraía
con su canto al dios canuto. Sin pensarlo mucho, comencé a alzar la voz, primero
como un susurro, luego como un grito. ÉL también lo hizo, yo recitando y él
elevando plegarias. Así comenzó la
guerra. La batalla duró hasta estación Cal y Canto, cuando el
pitido anunciando la apertura de puertas, nos dio un respiro. Al cerrarse las
puertas, continué recitando a Nietzsche hasta Santa Ana, el evangélico guardó
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