Hace unas semanas estaba en
alguna de las tareas cotidianas que hago con mi hija de cinco años, como la
hora de la comida, el baño, vestirse, acostarse, una de esas que muchas veces
uno realiza en forma mecánica, casi como un trámite del que quisiera salir lo
más rápido posible.
Y de repente me escuché diciendo:
“ya pos, no estamos jugando”, frase que me quedó retumbando en la oreja y en el
corazón hasta que la miré y me reí. Porque ella sí estaba jugando, con sus
manos, sus pies y su cabeza mientras cantaba e imaginaba quizás qué
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