Hace algunos días, caminando
por mi barrio, encontré un caballo muerto.
Para quien nunca vio un
caballo muerto le cuento que es como si estuviera vivo, pero muerto.
Estaba acostado sobre la
vereda; recto, ortogonal, con el cuello a 90 grados y las patas alineadas. Su
rostro era sereno, como si hubiera reconocido ese momento, el que estaba
necesitando. Parecía profundamente dormido, y su expresión sólo denotaba una
tranquila aceptación del final de la vida.
De no ser por el hilo de
sangre que corría desde su sien, hubiera creído que murió por causas naturales,
pero los dos hombres que
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