La República
Dominicana se estremece bajo la influencia de un cúmulo de organizaciones
sociales que reclaman digna atención sobre sus justas peticiones, aunque
parecen no encontrar eco en la clase dirigente que ocupa los cargos de
responsabilidad tanto ejecutiva como legislativa.
El estupor
gana las calles dominicanas, teniendo una vez más como epicentro el recinto
legislativo, donde el son del martillo marcaba el ritmo de la prisa por
consumar la traición, una vez más, a los reclamos de mejores recursos para unas
necesidades tan básicas, como lo son por ejemplo – y sobre todo- la educación.
Hoy, el
pueblo dominicano
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