Esa tarde lluviosa no abrí la puerta del Harry’s Bar. Dejé que el sonido del agua corriendo como una redundancia por las calles de Venecia y de una soledad artificial, llevaran mis recuerdos hacia otro momento muy distinto y anterior, a un atardecer inflamado por el sol de invierno y las olas verde grisáceas del Gran Canal cuando, al descender de un vaporetto, bebimos el mejor martini seco del mundo.Todos los excesos son permitidos cuando hay un recuerdo poético, sospechosamente romántico. Porque la verdad es que nadie sabe, a ciencia cierta, donde se oculta ese mejor martini seco del mundo.
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