Ahora que la escena
ha muerto, que mis manos sólo reflejan el candil cerrado de una ilusión que
desaparece, quisiera desvanecerme y flotar en la ventisca.
Esta tragedia
comienza su fin. Ya no hay misterios enterrados en vasijas milenarias, ni ecos
de lágrimas y suspiros. Ya todo acabó, y no hay aplausos que enmarquen este momento
triste y agónico.
Y mis pasos se irán
por la colina, y ya no sabré cuál es su rumbo. No me atreveré a levantar la
mirada, por si encuentro otros ojos, profundos como aguas sin años, o
transparentes como los de un hombre alado.
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