Vi a aquella mujer alrededor de las cinco y media de la mañana. Iba cubierta con un chal y un gorro por donde escapaban algunos mechones blancos. Caminaba a paso lento, acompañada de un bastón y el frío de la ciudad sin moradores.La escarcha impuso su letal estela a las cornisas, el viento soplaba una caricia rasposa a las mejillas y el sol aún descansaba en la cordillera mientras que la noche castigaba los huesos con esa humedad tan santiaguina.Las casas pasaban lentamente. Ella ni siquiera las miraba. Tenía claro dónde y por qué apuraba el traqueteo de sus pasos.
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