Siempre me han llamado la atención los perros. Cuando era más chica, me producían un pánico único. Les tenía una fobia absoluta. Probablemente, desde mi escaza estatura los percibía como seres amenazantes o tal vez fue un susto medio heredado de mi progenitora. Con el tiempo, empecé a mirar a estos seres con más proximidad y mi temor fue disminuyendo. En una parte de mi vida empecé a quererlos e incluso me gustaba su compañía. Alguna vez me vi a mi misma jugando a tirar una pelota lejos para que un perro la devolviera a mis manos, moviendo su cola.
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