El gentío se desplazaba por la Alameda, cada uno iba demasiado ocupado con sus problemas como para siquiera mirar a los otros. En las gradas de la iglesia estaba un viejo pordiosero con su rostro arrugado, lleno de años y sufrimientos. Junto a él un muchachito con andrajosas vestimentas, también imploraba la casi inexistente caridad pública. —Oiga, abuelo, ¡qué grande y bonito es el automóvil que se estacionó allí! —aparentemente el anciano había visto muchos en su vida, tal vez demasiados, no miró hacia allá. —Abuelo, mire los gigantes que bajaron del carro... son tan altos y ... ... Leer más