Hoy por la mañana, salí caminando a la
oficina como lo hago todos los días. El sol de primavera me pegaba en plena
cara y la temperatura era comparable a la de un huevo bajo la gallina, si vale la comparación.
Todo era ideal, pero por mi cabeza pasaba un torrente
irrefrenable de pensamientos que no permitía que la paz llegue a mi cara. Iba
serio, brusco, con el ceño fruncido y el paso atropellado. No se trataba de
preocupaciones, mas bien estaba queriendo resolver el problema del mundo en los
pocos minutos que me restaban para llegar al laburo.
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