El lunes por la mañana fue llamado el inspector Perrín por un delito de homicidio cometido en los alrededores de una pequeña iglesia. Éste asistió con su ayudante González.
Un sujeto que estaba cazando hirió a un ciervo que logró huir. Era en realidad una zona vedada para la caza porque los curitas que habitaban el pequeño convento habían logrado, después de lucha burocrática, prohibir la caza en mil metros a la redonda. Uno de los religiosos vió al ciervo herido y se lo informó al párroco.
El cadáver tenía una especie de asador clavado en el pecho, con tanta
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