Hay veces en que el instinto glotón le gana a la cordura y
uno se mete sin importar nada a lugares que en una situación consciente no
habría visitado. Me pasó esta semana.
Caminando por provi, casi llegando a la esquina de Suecia me
encontré con un tremendo letrero que decía KEBAB. Dije “esta es la mía” y
entré.
Con salsa y bachata
de fondo, y con un pre aviso de que no había cerdo y sólo pollo, pedí un kebab
por $3100 con bebida. El lugar parecía muy movido y el servicio era rápido, por
lo mismo me senté
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