La primera vez que lo vi estaba horrenda, los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, con un puñado de pañuelos desechables apiñados en mi puño cerrado.
La cita era formal y obligatoria, lejos de ser un encuentro fortuito entre dos desconocidos. Él, con sólo leer unas líneas sabía por que ambos estábamos ahí.
No era el momento para pensar en la apariencia, las lágrimas seguían enrojeciendo mis ojos y en medio de sollozos cortados, la nariz moquillenta hablé un poco sobre el tema que nos convocaba y me guardé las ganas de desaparecer que tenía, aunque supongo, él, lo
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